UN CASO REAL

 Caso real, nombres ficticios. A Anselmo no le sorprendió el deseo de su mujer, Marta, de querer divorciarse. Hacía ya varios meses que la relación se empezó a degradar, consumiéndose por la rutina después de doce años de matrimonio y otros tantos de noviazgo. La calma con la que él acogió la noticia estaba en la línea con el ambiente sosegado que reinaba en casa las últimas semanas de convivencia, mientras que se enfriaban los últimos rescoldos de su amor. La serenidad estaba justificada, en buena parte, por mantener un trato cordial delante de sus hijos, de cuatro y ocho años, ajenos a todo.

Ambos de nivel socioeconómico alto y de una edad aproximada de 35 años, el proceso de divorcio se inició sin sobresaltos. Al menos durante el tiempo que se mantuvo en secreto la relación extramatrimonial que ella había estado manteniendo durante meses. La infidelidad de Marta encolerizó a Anselmo y la tensión se fue contagiando entre ambas familias como se extiende una onda en mitad de un tranquilo estanque de agua. Las buenas formas se perdieron.

La prioridad que antes fueron los niños pasó a ser la revancha, el rencor y el deseo de una justicia divina que jamás llegaría. Los reproches y las malas formas generaban fricciones en las entregas y recogidas que la custodia compartida planteaba para los menores.La presencia en los juzgados se hizo frecuente. La falta de entendimiento dejó en manos de un juez decisiones como si el hijo mayor haría la comunión o si podían subir fotos de los menores a las redes sociales. La custodia compartida ya no era válida para Marta, que pasó de ver a su marido en el salón de casa a verlo en los juzgados. Nunca más se hablaron, lo hacían sus abogados, testigos de cómo la mala gestión de un divorcio puede arruinar vidas.

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